Mié. Dic 11th, 2019

La Chicha del Yamor

La bebi­da tra­di­cio­nal de las fies­tas del Yamor en Ota­va­lo es la chi­cha, ela­bo­ra­da en base a dife­ren­tes tipos de maíz, según la his­to­ria se debe reunir:
  • Maíz blan­co,
  • Maíz negro,
  • Chull­pi,
  • Can­guil,
  • Moro­cho blan­co y ama­ri­llo.

Todos en igua­les can­ti­da­des, secos al sol, tos­ta­dos y moli­dos, entre los ingre­dien­tes se inclu­ye tam­bién el jau­ri (maíz que­ma­do). Esta hari­na dilui­da en agua se lle­va a ebu­lli­ción duran­te dos a seis horas; se cier­ne y se hace fer­men­tar en un tonel de made­ra. Para ser­vir­se, se aña­de azú­car o miel de pane­la. Esta bebi­da es muy típi­ca por su sabor y por sus pro­pie­da­des toni­fi­can­tes y ener­van­tes…

El cro­nis­ta Poma de Aya­la (1584) cuen­ta que la chi­cha Yamor fue ela­bo­ra­da por las indias Aclla­co­nas, era de uso exclu­si­vo del Inca, y era ser­vi­da úni­ca­men­te en los gran­des acon­te­ci­mien­tos fes­ti­vos. Le atri­bu­yen algu­nas pro­pie­da­des medi­ci­na­les, pero por el fer­men­to del maiz es bebi­da de mode­ra­ción.

La Leyen­da

Una leyen­da del Yamor, cuen­ta que “Tai­ta Imba­bu­ra”, Rey y máxi­ma auto­ri­dad de la comar­ca, resol­vía sabia­men­te los pro­ble­mas de la región. Esta­ba casa­do con una mujer muy bon­da­do­sa, bella y blan­ca como la luna, con ojos azu­les y lim­pios.

Ante ellos se pre­sen­tó un día Paca­ri­na, una mucha­cha de 15 años, flor de capu­llo y cuya piel era ter­sa. Les narró su pena de amor. Esta­ba enamo­ra­da de un joven fuer­te y ergui­do como una caña. Cor­tés y edu­ca­do pero no le corres­pon­día con su cari­ño. Al con­tar­les sollo­za­ba como una tór­to­la heri­da.

Tai­ta Imba­bu­ra y su espo­sa, para satis­fa­cer los deseos de Paca­ri­na, le trans­for­ma­ron en Ñus­ta del Maíz, y le orde­na­ron que cuan­do haya pasa­do el sols­ti­cio fue­ra a los cua­tro pun­tos car­di­na­les de la comar­ca y cose­cha­ra diez mazor­cas de las cua­tro cla­ses de maíz: en el nor­te maíz dora­do y duro. En el sur Moro­cho. En el este Chul­pi. Y en el oes­te Can­guil. Una vez reco­gi­dos, le die­ron ins­truc­cio­nes para coci­nar los gra­nos. De allí sal­dría una bebi­da, una espe­cie de fil­tro de amor, que al beber­lo el incon­quis­ta­ble Jatún Cun­cay cae­ría a sus pies.

Así fue como ocu­rrió, Jatún Cun­cay bebió el Yamor y ante sus ojos ilu­mi­na­dos apa­re­ció una joven con un her­mo­so talle y tren­zas esme­ra­da­men­te per­fu­ma­das con rome­ro. El amor había flo­re­ci­do entre estos dos jóve­nes al ampa­ro del Yamor, que es can­to e himno en home­na­je al maíz

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